Celso Garza Guajardo

Crónica de un viaje a España I

Historias familiares

Celso Garza GuajardoLa tarde del viernes 26 de marzo de 1999, fue el momento de la partida, desde Monterrey. Un día nublado y lluvioso, calles anegadas, choques de auto y un largo y despacio trayecto hacia el aeropuerto para el vuelo de las 15:45 horas de Aeroméxico con destino a la ciudad de México, el cual salió con retraso de más de una hora y por poco perdemos la conexión a Madrid en el vuelo 01 de la misma línea a las 18:45 horas.

“¡Corran de inmediato!”, nos dicen en el módulo de información. De la sala número uno había que ir a la 26. Afortunadamente un carrito interior para emergencias nos llevó con rapidez y buen trato.

Por fin ingresamos al avión y teníamos los respectivos asientos. No lo podía creer… repasé el día era el último día de labores antes de Semana Santa. Fui al trabajo como un día normal, atendí los asuntos pendiente y hasta dí una platica a un grupo de estudiantes. Intenté hacer todo con normalidad, pues además en la casa las maletas estaban hechas, los boletos listos, los pasaportes y la indispensable cámara fotográfica más unos cuantos dolaritos…

Un día normal en u día verdaderamente anormal en Monterrey: nublasón cerrado, lluvia y caos de transito en la ciudad (bueno, esto no es anormal).

Un largo día y un lento despegue del avión rumbo a Madrid. No quise ver nada, bajé la persianita de la ventanilla, me puse a leer los periódicos y me concentré en mis recuerdos del imaginario viaje a España, aquel que nos formamos en las clases de geografía, historia y literatura universal entre el sexto año de primaria y los tres de secundaria: de cuando ubicábamos en un mapa de Europa la figura territorial de España en la península Ibérica, entre la pequeña Portugal y la Francia eterna. Arriba el Atlántico y la Inglaterra; y el sur , el estrecho del Gibraltar y el mundo del mediterráneo. Sabíamos de sus ciudades principales: Madrid, Sevilla, Cádiz y Barcelona; de sus ríos Guadalquivir y tajo, sabíamos de su Sierra Nevada, o sea, teníamos la geografía de España en nuestras palabras y conocimientos. Por la historia conocíamos de los fenicios que la costearon, de los árabes que la poblaron y dominaron, de la colonización romana y de los iberos que ahí se establecieron. De Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeón que lo defendió. De los Reyes Católicos que la unificaron, del Puerto, del Puerto de Palos y las tres carabelas y el primer vieja a Colón, del Imperio de Felipe II, de los Reyes de España y Virreyes de Nueva España, de la Inquisición de las Ordenes Religiosas y de la dominación española hasta la Independencia de México.

De literatura y las Bellas Artes sabíamos del idioma español, de Miguel de Cervantes Saavedra, de Lope de Vega, de Goya, de Velázquez y de Murillos; queríamos al Quijote y a Sancho Panza, y nos adentramos hasta la poesía de Miguel Hernández y Federico García Lorca.

Por el cine y la música sabíamos de la España, de sus modos y sus costumbres, de sus sentimientos; España era para nosotros los churumbeles de España Lola Flores, Carmen Sevilla y más tarde Sarita Montiel. Por Agustín Lara le cantábamos a Madrid y Granada. También supimos que España era la Madre Patria, aunque nunca le llegamos a decir “mamá”.

El descubrimiento de América lo veíamos como hazaña de Colón y no de España, y la conquista de México por Hernán Cortés lo sentíamos como una maldición de malinche y no como un aporte de España.

Ese había sido el primer vieja imaginario desde el salón de clases, desde los mapas, los libros, el cine y los discos.

Fue un viaje de grandes conocimientos que se profundizó hasta muy entrada la juventud… en el avión era la hora de cenar, para entonces ya había agotada los periódicos y revistas… seguía luego la sesión de películas y suaves ronquidos de diez mil metros de altura, el transito de la noche sobre el Atlántico.

en ese momento inicié el recorrido de mi segundo viaje a España, aquel de fines de la década de los sesenta.

en la politización revolucionaria en la que nos había formado. España era para nosotros escenario de luchas antifascistas, republicanas y en contra de la dictadura de franco. El mayor contacto de mi generación con la España de entonces fue con las canciones revolucionarias de la República y de la Guerra Civil española, 1936-39. Los exiliados españoles en México y en muchas partes del mundo era el espejo a través del cual sabíamos de la España amorosa. En ese entonces se empezaban a escuchar las canciones de un joven catalán, Joan Manuel Serrat.

Nuestros cantos de sentimientos internacionalistas sobre España nos hacían entonar en todo el momento canciones que decían:

A la virgen del Pilar la quieren hacer fascista pero ella dice que es militante comunista.

Ale, jaleo, jaleo pongan la metralladora y Franco se irá a paseo, y Franco se irá a paseo.

Durante más de tres décadas México no tuvo relaciones diplomáticas con España. Para nosotros España vivía una dictadura fascista, más la vida seguía en medio de la represión y de la muerte y España supo salir adelante unida, grande y sin desmoronarse.

8 de mayo 1999