
En verdad no conozco bien el tema… el tema de los lecheros… los que repartían la leche en el pueblo en botes grandes y medianos, con una moca que daba la medida exacta; luego en botellas regordetas de a litro, con tapones de cartón encerados… también había quienes tenían la leche en grandes tinas y baños sobre una mesa y la despachaban a diario… en verdad desconozco el tema pero las imágenes me persiguen en silencio.
En verdad no conozco bien el tema… el tema de los lecheros… los que repartían la leche en el pueblo en botes grandes y medianos, con una moca que daba la medida exacta; luego en botellas regordetas de a litro, con tapones de cartón encerados… también había quienes tenían la leche en grandes tinas y baños sobre una mesa y la despachaban a diario… en verdad desconozco el tema pero las imágenes me persiguen en silencio.
Los lecheros en algún lugar pequeños corrales para los animales, para el hatajo de vacas el rebaño de cabras… cerca de las casas, cuando la aldea era aún de jacales, solares y casonas de sillares, por veredas y caminos, ahí nada más como saliendo del pueblo… en algún lugar tenían los lecheros sus ordeñas de cabras y de vacas. La faena diaria comenzaba en la madrugada, en silencio, casi en soledad, moviendo los animales con la tina espumosa de leche, vaciándola en botes y de ahí al express para, en las mañanas y las tardes, repartir la leche por el pueblo.
En el express tirado por un caballo, el lechero recorría las calles para entregar el producto de los asiduos clientes… haciendo golpear el palo del chicote en el pescate, el lechero se anunciaba:
Taz, taz, taz… “¡La leche!”
Alguien salía con un traste casero y enseguida del saludo continuaba una discusión sobre la medida exacta, lo caliente o frío de la leche y el precio del producto… aún recuerdo: 80 centavos el litro. Las escenas eran en las banquetas, muy de mañana, o al acabar la tarde.
Nos regañaban si tomábamos la leche bronca… hervir la leche y ver de nuevo la espuma…chocolate con molinillo, natas para el pan, leche para el café y tortillas de harina con mantequilla… leche de cabra o de vaca, más de la primera que de la segunda, aun cuando nunca supe distinguir cuál era una y cuál era otra.
A los que sí supe distinguir fue a los lecheros en sus expresitos o a los que vendían la leche en sus casas… ¿cómo no distinguir al tío Abraham Flores en el veloz express repartiendo saludos y pláticas al entregar la leche por la calle de Escobedo? ¿o a Don Santiago Flores Garza, que por medio siglo fue lechero, observó tanto por todo el pueblo, de hoy, en sus casi 80 años, es uno de los que más conocen del pasado de la aldea? ¿cómo olvidar la respetable y benévola presencia de Don Martín García, el inquieto transitar de Don Ventura Garza, la serenidad de Pancho Garza, el trajinar de Celso González? Todos ellos emulando a lecheros de otros tiempos como lo fueron Don Octaviano Chapa y Don Luis Chapa; los mandados a traer la leche por las tarde a la casa del señor García por la calle Lerdo, al zaguán de Don Humberto el alcalde por la calle Juárez, a la casa del señor González por Doctor Coss, a la casa de Don Severo Espinosa por la pequeña ventana de la cocina…
En fin, que por aquí y por allá se vendía la leche y por todas las calles pasaban los lecheros con sus expresitos.
Taz, taz, taz… “¡La leche!”
Así todos los días hasta que sin ver cómo, el progreso inevitable dobló página del tiempo. Un día, de éstos de ahora, los lecheros se cambiaron de dueño, los vecinos se mudaron y los expresitos estacionados debajo de los mezquites terminaron destartalados… surgieron las lecherías industrializadas, la leche bronca se empaquetó, hidratada y deshidratada, polvo y agua, en refrigeradores como un producto más.
Por ahí caminan los últimos lecheros del pueblo, con pasos cansados como divisando madrugadas viejas… andan sin el chicote sobre el pescate y en las banquetas no se dan los diálogos, sólo quedan las imágenes invisibles…
Los lecheros del pueblo cerraron ayer, antier o hace poco, su capítulo en la historia de los rústicos quehaceres de hombres de campo.